Agosto sin fondo

« Cada muerte nos devuelve a todas las muertes. Cada persona que muere nos devuelve a los que murieron antes que él y a nosotros -a ellos.  Si no murieran los de después, más tarde o más temprano olvidaríamos a los de antes. Así, el ir de sepulcro en sepulcro es la garantía de nuestra fidelidad a los muertos. Una especie de coexistencia póstuma en la memoria: en la hilera de los sepulcros propios. Ya que todos nuestros muertos, ya no importa si están en Moscú en el cementerio de Novodévichi o en Túnez, o en algún otro lado, para nosotros, para cada uno de nosotros, yacen en un solo cementerio -dentro de nosotros mismos, y con el tiempo en una misma fosa común. La nuestra. Hay muchos enterrados en una y uno enterrado en muchas. En el lugar donde se encuentran tu primer sepulcro y el último -tu propia lápida- la hilera se cierra en un círculo. No sólo la tierra (la vida), sino también la muerte es redonda.” 
Marina Tsvietáieva. 

En mi cementerio, eres tú quien habita todas las tumbas. Mas por tu rostro -en el que por primera vez supe la muerte- tropiezo las fosas de los otros, y al descubrirlas en mí, por ti, no puedo negarlos. No me atrevería a llamarlos míos. Alguien más los ve en su propio cementerio, con la misma nitidez que tú me ofreces. 
No hay muerte en tierra a la que no prestes tu aroma. 

No encuentro un par de zapatos. Robé la medalla con la virgen, la piedra rosada y la cruz,  un impulso que aún hoy me asombra -no me culpo. Lo hice al entrar al cuarto, buscándote. Nadie se había atrevido a tocar tus cosas, tal vez por temor a que volvieras por ellas y las rabietas… ¿Qué resonaba en mí? La piedra cae y atraviesa el manto de agua  -”murió”; las ondas se suceden unas a otras -murió, murió, murió, murió… 
“¿No es mi dolor profundo, dado que no tiene fondo?”

Aquel día, las manos del hijo mayor libraron la batalla contra tu boca testaruda. Tus labios se soldaban; los huesos y los músculos trabajaban juntos -eficientes, cumplían su tarea.  Tu hijo mayor no obedeció aunque reconoció en tus ojos la orden. No se puede explicar tal exigencia. Ni la súbita presencia de la certeza: hay algo que se le desliza de las manos. Que nunca tuvo en las manos. 

¿Qué sostiene a los cuerpos después de semejante golpe? “Golpes como de la mano de Dios”. Junta de pájaros negros, pájaros del desespero. La risa se compadece del llanto y viene a tomar su lugar. Danza de ires y venires al féretro. Quien diga que no se danza en la despedida católico-cristiana debió haberse perdido la tuya.

[Me permito decirle al que inventa escenarios, al de la eternidad y un día  -pues lo prefiero a San Pedro, me permito pedir a Theo: para mi abuelo, la playa y los músicos griegos, con acordeón, y el hermano querido y la hermana querida antes idos, y las ostras y las hormigas, y Carmen y Vicente… Con eso le bastaría, seguro que se le olvida la virgen y el niño y la paloma. Casi seguro que no pide que le abran puertas o le muestren escaleras…]

La llamada. La voz trémula de Lú diciendo tu nombre sin más predicados. Repitiendo tu nombre.

Me sentí diáfana en el umbral: la puerta de la iglesia separa la vida de la muerte, como hace el manto de tierra. 

Viajo. ¿Quién “viaja”? No. ¿Cómo es posible este “viaje”?, me digo. Estoy sentada en el borde de la silla roja. Filo del espacio-tiempo. Ahora. “Ahora” vivo “hace tres años”. “Hace esos años” significa:  con mis dedos infantes atesoro hojas de un árbol que deshoja todos sus tiempos a la vez: retoño, raíz, flor, otoño, despojo, presteza, decrepitud. De los dedos, a la hoja. En los dedos, en la hoja. Me fundo. 

La cama tallada, tus manos gruesas, las hormigas en la carretera -las veo y nos veo como en un cuadro impresionista, manchas de colores, rostros sin foco, la luz de la tierra caliente. Al borde de la silla me tenso, estoy aquí y allá a la vez. El “allá” son las imágenes, todas emergiendo a un mismo tiempo, en lo diáfano ya encarnado. Toda yo entregada a la búsqueda, “al regresar”.           ¿Es un regreso? Tendría que poner comillas a tantas palabras…
                                                                               Porque me habitas. 

Loneliness. Khachaturian. 
No me viste tocar el piano nunca.
Estabas molesto porque me fui. 

Nunca toqué la pieza completa. Mis manos son de mármol, pero prometían proezas. La ilusión -largas “como de pianista”. Sin lamentos, abuelo. Con estas manos recorrí el camino del conejo hacia la madriguera en el libro de tu biblioteca. El tesoro de la joventud. Sí, el tesoro de la juventud. 

Me perdonaste. Me dejaste andar. Cada visita, la bendición. ¿Qué más hacer?

Lloraste cuando la abuela se enfermó. Querías llorar cuando murió Rocío. No te vi llorar cuando perdiste a tus hermanos. No estaba. 

Elsa. Tengo para fabular lo inmesurable el rugido silencioso con que daba vueltas frente a tu armario. Sola. 
Qué mujer, dirías, lo sé. Elsita, dirías, lo sé. Aun en la amargura de los días insoportables, de la enfermedad implacable, del desconocimiento repentino. ¿Sumiso, subyugado a la justeza divina? Tal vez, visto desde la punta de tu calbicie. ¿Burlándote del designio al tomar por las bridas cada mañana? Tal vez, visto desde la nuca, desde las manos mullidas y la esquina derecha del labio derecho. 
Jugaste, creo. Eras múltiple.  

Así que no me quedo con una historia. Festejo esta ceremonia de personajes y sucesos diversos cada vez que te recuerdo. Porto lo insondable tuyo y por extensión lo insondable de los otros, lo insondable mío. Y lo diminuto abarcador. Lo diminuto punzada. Lo diminuto. 

El ámbar de las tardes. Tu presencia en la sala con tapete rojo inmenso, cerca de la biblioteca. ¿Estarás en tu silla cuando de la vuelta? Me demoro en los libros empolvados, tus colecciones olvidadas. Me demoro, te doy tiempo. No era hora, abuelo. Nunca será hora. No entiendo nada y nada habría que entender: llegamos y nos vamos. Te fuiste y permaneces. Te porto en mi cementerio. 

Vendrán otras muertes. Suceden otras muertes. El horror y la calma se ramifican a través de los seres. Vendrán otras muertes, y decirlo es como una caricia que se detiene. Demorarse un poco, bajarse del tren e ir a pie. Así sea sólo en este tiempo que nos otorgan las palabas. 
Vendrán otras…
La mía. 

Lorena T.
Agosto de 2020

Votre commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l’aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l’aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l’aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

Connexion à %s

%d blogueurs aiment cette page :