Fragilidad

Foto que acompaña el escrito tomada por Camila Díaz, Colprensa. Día 17 del Paro Nacional en Bogotá.

Una fragilidad que se expone y que al hacerlo se atenúa. “Dire, pour l’atténuer, la fragilité de la vie”. « Decir, para atenuarla, la fragilidad de la vida ». Un decir encarnado por miles de cuerpos en las calles de Colombia, decir que se reconoce en otras voces como compartido: si algo nos une, esta fragilidad que hoy denuncia que la injusticia ha franqueado un límite que no era posible franquear sin desatar este ardor. Los testimonios de otros tiempos agitan los fueron internos y se oyen tan cerca unas voces, tan dentro, que parece que los muertos por zarpazo violento, por abandono impasible, por el hábito de “la historia” en su repartición de roles, se entremezclaran con los vivos. 

Precisamente porque el viaje de la cuna a la tumba ofrece entre la certeza primera y la certeza última la aventura. Porque esa vastedad de instantes que constituyen el trayecto son lo que tenemos, lo que llamamos vida –“los días que uno tras otro son la vida”.   Porque esa vida está marcada por la fragilidad por todos compartida, pero que ha encontrado medios de protegerse. Y porque aquí empieza el abismo.

Un abismo que toma forma entre clases sociales, entre grupos más y menos favorecidos, entre imperios y colonias, entre blancos y negros, entre mujeres y hombres, entre estado e individuo, entre régimenes violentos y el aún llamado pueblo, entre el dogma de una y de otra religión (sea más o menos espiritual o intelectual). Abismo que toma forma y nombra las orillas. 

Si el abismo existe aquí y allá, ¿cómo es que hay lugares en los que provoca explosión de indignación y demanda de justicia y otros en los que no? ¿Se han tendido puentes que dan a quienes habitan cada orilla una experiencia -ilusión- de movilidad y cercanía? Aunque no puedo responder a eso en este momento, la formulación de la pregunta trae consigo una constatación: el estallido al que asistimos viene de una vulneración que ya no quiere y no puede aceptarse. 

La denuncia, en el caso de Colombia, es constatación, una vez más, de que las decisiones que ha tomado el gobierno, con su senado y sus empresarios, son nefastas para la mayoría de la población y han sido tomadas para proteger los intereses de los privilegiados de la sociedad. Otros modos de resolver el déficit fiscal han sido enunciados por varios entendidos en asuntos de administración pública, siempre implicando necesariamente una responsabilidad económico-social por parte de las personas más poderosas y ricas del país. Lamentablemente, que esta no haya sido la vía seguida no es una sorpresa: es la consecuencia natural de haber escogido al actual gobierno. Y esa elección es la consecuencia de años y años de ausencia de educación política, porque no se le ha reconocido a ésta la función de proteger las condiciones necesarias para una vida en común que permita a cada singularidad alzar vuelo hacia su realización.

Que haya condiciones económicas no garantiza que tal vuelo pueda darse -en un mundo en el que la aspiración misma a la creación, la búsqueda de la felicidad, de la libertad, del conocimiento, es mercantilizada-. Sin embargo, cuando esa garantía no se ofrece, el vuelo mismo no existe de hecho como posibilidad.

No hay pandemia que detenga el canto de insatisfacción, y no por frivolidad, sino por coherencia: ¿qué vida es esta que se debe proteger? En este preciso momento, ¿qué significa protegerla? Una vez comprendida la intensidad de la insatisfacción, el gobierno se defiende, naturalmente, con una estocada de omisión: toda la violencia, todos los males, los destrozos, son responsabilidad de quienes manifiestan. Aparentemente, no hay responsabilidad del gobierno, no hay motivo de escándalo en el hecho de que se haya lanzado a los ciudadanos y ciudadanas una reforma perversa en la situación actual de cansancio acumulado, de hambre cruda y palpable, de desesperanza. La estocada llegó hasta las fibras. Esas fibras que se han estremecido con las noticias de masacres de líderes y lideresas sociales, de nuevo intensificadas desde que este gobierno se coronó. Las mismas fibras que recibieron los testimonios de las campañas corruptas. Las mismas que reconocen la relación entre este gobierno y el de aquel capataz, que al no tener conciencia, no carga, camina sobre cadáveres, -su ropa salpicada de sangre- mientras reza el miserere que arrulla a sus fieles. 

Lo que está en juego son esas fibras, frágiles y reverberantes, desatándose en canto y paso, en palabra y gesto, que ya no quieren aceptar el mundo cerrado que se les ofrece como el que es. ¿Qué vida es ésta a merced de la miseria? Sea la propia o la ajena.

En un régimen violento, como el que se vive en Colombia, no puede haber fin a la demanda de justicia, como escribió Judith Buttler. ¿Qué violencia? La violencia estatal, que sigue trastocando las funciones, que por lo menos idealmente, tienen las instituciones represivas. La violencia de las llamadas bandas criminales, que encuentra fuga en estos momentos coyunturales; algo que podría haberse evitado con una reacción sensata. La violencia producto de la impotencia y de la rabia acumuladas. Hoy, esta violencia y fervor destructivos sirven de justificación para sacar el único arma que ha encontrado el gobierno para comunicarse con las personas: la autoridad regodeándose en los límites de la brutalidad. Contra todo ser vivo en movimiento. 

Asesinato tras asesinato, desaparición tras desaparición, violación tras violación: todas registradas por los celulares de todos los humanos que ahora pueden reportar inmediatamente los hechos que tienen en frente. Abrumador y desconcertante. Demasiada realidad. Es necesario detenerse un poco, no para huir, sino para proteger la llama. 

Doy un paso atrás. En la maraña que parece esta estructura política, económica y social, quisiera atravesar hasta las fibras. Lo que está en juego, lo que hay que proteger. Es algo más inasible que sustenta y se produce en lo abarcable: el deseo, la necesidad de sentido que asume la forma de propósito claro, social, justo. Que hace malabares en la cuerda de la incertidumbre: tal vez sin salir de este mundo haya un mundo más allá de este.  

Habrá que formular más preguntas y desempañarse el ser para ver horizontes. Habrá que desenmarañar y enmarañar la maraña. Habrá que asumir el alba y el ocaso que portamos. Nuestras tinieblas y las ajenas. Habrá que mesurar los actos y exigir las condenas. Pero eso no será suficiente. Habrá que reestructurar instituciones y preguntarnos por sus fines, por la educación que reciben los humanos que las constituyen. Sí, esa discusión es una de las tantas postergadas. Preguntarnos por la educación, por las cuestiones más diminutas y las inmensas, por las inmediatas y las eternas. Habrá que asumir cada acto necesario, revolvernos los genes para nuevas configuraciones.  

Es la fragilidad que ha pronunciado las palabras libertad, justicia, virtud, tiniebla, deseo, equidad, humanidad, horizonte, anhelo… la que está en juego. Ella y sus fabulaciones. 


Lorena Terán

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